Relato 7: Charcos

Acabo de salir de la oficina. Espero en el semáforo para cruzar la calle cuando un coche funerario se cruza ante mis ojos. De pronto, me veo en el pueblo años atrás, el día que conocí a Laura y mi vida cambió para siempre…

Comenzaba a llover. Era un día de invierno frío y oscuro.

El coche del muerto se dirigía por la calle principal hacia la iglesia de Santa María. Era un coche de segunda, un tanto desvencijado y pintado de negro. En las puertas delanteras lucía el emblema de la funeraria y a través de los cristales laterales dejaba ver el féretro de madera oscura que reposaba en su interior.

No se parecía en nada a esos coches de las películas, grandes, brillantes y cargados de flores. No. Era un coche modesto, sin pretensiones aristocráticas y sin otra aspiración que la de transportar al finado a su lugar de descanso eterno. Como único ornamento floral, una corona en la parte trasera del vehículo.

Yo tenía nueve años y estaba con Julián, acabábamos de salir del colegio cuando decidimos hacer un alto en el camino para satisfacer la morbosa curiosidad de la edad.

Julián era mi amigo. Lo conocí el curso pasado. Era un buen chico; amable, cariñoso y muy aplicado, todo lo contrario que yo. A pesar de ello casi siempre andábamos juntos.

Recuerdo que el cortejo fúnebre, el tercero de la semana, según se oía comentar, tampoco era muy lucido. Iba por en medio de la calle y lo formaba dos grupos de gentes.

Unos, los primeros, caminaban junto al coche: eran los familiares del difunto, sobrios y bien vestidos; con sus vestidos negros, americanas y pantalones de pana. Otros, los amigos y conocidos, los seguían; de traje de diario o endomingados, de todo había.

De vez en cuando se oía algún comentario de la gente: «Qué pena, con lo joven que era…», «dicen que tenía un corte en el cuello y un cuchillo en la mano», «qué vida nos ha tocado…».

El viento helado agitaba las ramas temblorosas de los descarnados árboles mientras sobre los charcos yacían mustias y arrugadas las últimas hojas del otoño.

De repente una voz severa nos reclamó:

―Pero Julián, ¿qué hacéis aquí? ¡Este no es sitio para vosotros!

Era su madre que había acudido junto a su hermana Laura, a acompañar el duelo. Iban enlutadas, me miraron y no sé por qué, me dieron miedo.

En un momento, tuvo tiempo para sermonearnos y hacerme un montón de preguntas sobre mi familia y mis estudios. Y mientras la madre hablaba, la hija sonreía de una forma tan rara, tan rara…

― ¡Hay que estudiar! – dijo a modo de conclusión la madre.

Y proseguimos el camino a nuestras casas.

Su casa era grande, muy grande y extraña, muy extraña. Se encontraba en la placita de detrás de la iglesia, cerca de la casa del muerto del entierro. Y tenía un patio interior enorme y lleno de plantas en donde solíamos jugar cuando iba a visitarlo.

Pero desde aquel encuentro esquivé como pude ir a casa de Julián. Un día vi a su hermana que salía de la iglesia; otro entierro. Me miró y un profundo escalofrío me atravesó.

Había acabado el curso y hacía tiempo que no veía a Julián. Estaba tranquilo hasta que me avisaron de su casa, diciéndome que mi amigo estaba enfermo. Fui y le encontré postrado en el sillón de su dormitorio. Al verme rompió a llorar en silencio. Me confesó que odiaba a su hermana. Aunque pude comprobar como ella lo cuidaba con esmero, su sonrisa seguía siendo tan rara…, tan rara.

Las sombras vencían a la luz cuando me preparé para irme. Y al despedirme y darle amistosamente con el puño en el brazo, él hizo una mueca de dolor.

― ¿Qué te pasa? –le pregunté.

Se levantó la manga del pijama y me enseñó un enorme hematoma.

― Ha sido ella, mi hermana. No sabes la fuerza que tiene…, incluso es capaz de mover las cosas sin tocarlas…

En ese momento Laura se acercó a nosotros para darle a Julián la medicina y al pasar junto a un espejo, la pude ver en el fondo de la luna mirándome y sonriendo, pese a que ella estaba de espaldas a él.

Salí de la habitación y bajé las escaleras de la casa tropezando, cayéndome hasta que llegué a la calle y pude echar a correr hasta mi casa.

Los pálidos resplandores del sol se ahogaban en las nubes oscuras de la negra noche. Y la soledad y el silencio se iban adueñando de la ciudad…

El sonido agudo para invidentes anuncia el semáforo verde y me devuelve a la actualidad.

― Por favor, ¿podría indicarme por dónde queda la calle Santos?

El corazón se me agolpa en la garganta mientras la mujer me mira con una sonrisa tan extraña, tan extraña…