Relato 6: Syrla

Syrla aguardaba. Estaba anocheciendo y no paraba de llover. Por aquel entonces, João tenía doce años y se encontraba en la trastienda del bar de su abuelo, situado en un pintoresco pueblecito de montaña, cuando, consumido por la desidia, pensó: «¿por qué no?» Y se encaminó hacia el sótano.

Llevaba tiempo queriendo hacerlo, buscando el momento propicio en que no pudieran descubrirlo. Era un lugar prohibido, y eso acrecentaba su deseo.

Alcanzó la salida interior en unos cinco minutos. No había nadie, ni una sombra, ni un ruido. Por toda compañía, una luna que se movía a capricho por las tormentosas nubes. En el camino, se enganchó la camisa en la manivela del portón, se arañó una muñeca y a punto estuvo de perder el equilibrio al tropezar con unas cajas de cerveza acumuladas sin orden en el pasillo.

Sin darse cuenta se encontró delante de la puerta, celosamente guardada por un viejo y herrumbroso cerrojo. Tras manipularlo hábilmente, apoyó su mano en ella y al empujarla un fuerte escalofrío recorrió todo su cuerpo.

Tomó tres bocanadas de aire y entró. Su mano buscaba desconsoladamente el interruptor de la luz, quería ver el lugar antes de salir corriendo. Lo observó en silencio cuando, frente a él, surgió inesperadamente una atrayente sombra. Se acercó sigiloso y entonces la vio.

Roja, reluciente, maravillosa, era una Weltrad, la mítica bicicleta alemana de 1800. Sorprendido, quedó eclipsado unos segundos por su magnetismo. Estaba cubierta por una vieja manta y encadenada por una gruesa viga.

̶ ¿Quién anda ahí?

Sobresaltado y con el corazón a punto de estallar, descubrió a su abuelo detrás de él.

̶ Tranquilo, soy yo.

̶ No deberías estar aquí, João.

̶ Esta bici… es preciosa.

̶ ¿Syrla? La más bonita de todos los tiempos ̶ le contestó el abuelo.

̶ ¿Es tuya?

̶ Podríamos decirlo así.

̶ ¿Y las cadenas? ̶ preguntó João sorprendido.

̶ Para que no la roben, no corren buenos tiempos, aunque  ̶ se rió ̶  ya está vieja, no funciona bien.

̶ ¡Pero si está como nueva! Yo… ¿Me dejas montarla?

Su amable y cándido rostro se volvió severo y tajante.

̶ Será mejor que salgas de aquí.

João obedeció y salió malhumorado por la extraña reacción de su abuelo, sentándose en una de las mesas del bar, todavía bajo los efectos de la hipnotizadora visión, cuando algo llamó su atención: una docena de fotos antiguas y más recientes colgaban de una de las paredes de la entrada. No había reparado en ellas hasta entonces. Siempre le había parecido un elemento decorativo más de ese nostálgico bar. Sin embargo esta vez le encontró sentido: yodas las personas aparecían con una Weltrad pero, pensándolo bien, en ese grupo faltaba su abuelo.

Al poco tiempo, João consiguió burlar a su abuelo y pasear con ella se convirtió en la experiencia más gratificante que había vivido hasta entonces.

Él tenía razón, estaba como nueva, solo hacía falta limpiarla y engrasarla un poco para comprobar lo estupendo que era montarla. Sin casi pedalear lograba llegar velozmente a los más recónditos parajes, como si los dos fueran uno.

Pero lo que empezó siendo un anhelo por pasear se estaba transformando en una obsesión. No comía, no dormía, solo pensaba en encontrar un momento para estar con ella.

Con el curso del tiempo las salidas se hicieron cada vez más frecuentes y largas y Syrla comenzó a dirigirse hacia un desconcertante lugar que cada vez le costaba más eludir.

Una noche, un pequeño pensamiento, llamémoslo sexto sentido, lo invadió. Una parte de él le rogó desconsoladamente que hiciera caso a su corazonada, mientras que la otra le precipitó inexorablemente a llevar a cabo su propósito.

Era una noche especial, la suave brisa nocturna traía consigo el aroma de galanes y azahar mientras la menguante luna alumbraba majestuosamente desde lo alto.

De pronto, este ambiente de placidez y relax absolutos se vio inquietantemente alterado al ver al lugar hacia donde se dirigía.

Sus intentos por frenar y cambiar de sentido fueron vanos, la bici no funcionaba aproximándose cada vez más a este punto. João quiso tirarse de ella pero una extraña fuerza se lo impidió. Cada minuto a su lado se tornó una agonía, y cada paso hacia la libertad le pareció eterno.

Cuentan las gentes que, unos días más tarde, el abuelo colgó en la pared de las fotos del bar una de su nieto João con la bicicleta.

̶ No lo entendiste, ahora eres uno más…