Relato 5 – Ocho y media

Cerró la puerta tras de sí mientras afuera la lluvia no daba tregua. Las ocho y media, estaba empapada y llegaba tarde. Se limpió el barro de los zapatos en la alfombrilla de la entrada, dejó el chubasquero colgado en el perchero y con dos rápidos movimientos de cabeza se sacudió el agua de su pelirroja melena corta y escurrió con las manos las gotas de la cara.

—Hola Marga – saludó al pasar por delante del mostrador.

Marga era la bibliotecaria del turno de tarde y una de las funcionarias más antiguas de la institución. Solía charlar con Alicia cuando entraba, aunque hoy, ya sea porque sabía del retraso y no quería importunar más o porque estaba enfrascada en uno de sus quehaceres, apenas había levantado el rostro del formulario que tenía entre las manos.

Se trataba de una antigua biblioteca privada, parte del conjunto de un palacete donado al pueblo por un marqués hacía muchos años.

Cuentan las gentes del pueblo que el viudo aristócrata, conocido por su carácter bondadoso y amor por los libros, gastaba su fortuna en la adquisición de cuantos ejemplares escritos podía comprar, con la ilusión de que su único hijo pudiera disfrutar de sus lecturas. Su joven primogénito heredó la pasión de su padre por leer, pero según dicen, perdió la vida al caer de un caballo mientras paseaba. El marqués roto de dolor se recluyó en un antiguo monasterio y legó a las gentes que habían tratado de salvar a su hijo, su casa y sus libros para que pudieran disfrutar de lo que su primogénito ya no podría jamás.

Desde entonces, según rezaba la leyenda, el espíritu del joven marqués seguía paseándose por la biblioteca esperando poder disfrutar de la lectura.

Esta estancia era notablemente diferente al resto de la casa. En los demás espacios la decoración era recargada, abigarrada; aquí, en la biblioteca, se podía respirar.

Estaba cuidada, bien clasificada y limpia. Tenía techos altos y forma alargada. Tablas de madera cubrían el suelo y las paredes estaban forradas de estanterías de roble macizo. Cuatro ventanales de piso a techo dejaban entrar la luz a raudales y en el centro en dos hileras y dejando un pasillo central el ayuntamiento había mandado colocar cuatro mesas rectangulares de madera de pino, sobre cada una de las cuales reposaban dos grandes lámparas de sobremesa.

Dos antiguos espejos estratégicamente colocados reflejaban la visión del jardín que rodeaba el edificio. Aunque esa noche, cuando Alicia pasó caminando hacia el fondo, solo devolvían la oscuridad de la tormenta.

Como de costumbre, se ubicó en el pequeño rincón en donde no había más iluminación que la que irradiaba del fuego que ardía en la chimenea.

Se podía oír la percusión de la lluvia sobre el tejado, constante, monótona, interminable… Alicia se sentó unos instantes en el sillón junto al hogar mientras recordaba cómo había estado acudiendo todos los días desde hacía meses a leer en voz alta y queda. Un escalofrío recorrió su cuerpo y su corazón comenzó a latir con ansiedad. Pronto notó su presencia… Tal y como ocurrió el primer día, cuando notó como un hálito frío rozaba su cuello y una terrible flaqueza se apoderaba de su cuerpo.

Al principio, pensaba que todo era fruto de su imaginación y las viejas historias del pueblo pero, superado el miedo de la primera vez, con el transcurso de los días pudo comprobar que no era así y que solo notaba esa extraña presencia cuando su lectura era en alto.

Lo que comenzó como un juego para saciar su curiosidad y comprobar los hechos, se fue convirtiendo poco a poco en una costumbre que al tiempo derivó en una necesidad.

No lo había visto nunca pero estaba segura de que era él, el hijo del marqués, que venía a oír sus lecturas… Secretamente ansiaba el momento de sentarse cada día junto al fuego y notar esa corriente gélida que rozando su cuerpo la hacían estremecerse. ¡Dios mío!, pensó. ¡Me he enamorado de un fantasma!

Se apagaron las luces y Alicia quedó sumida en las sombras. El fulgor de una madeja de relámpagos hizo que percibiera la silueta de un apuesto joven sentado frente a ella mientras el ronco bramido de un trueno rompía el silencio.

—¿Quién eres? ¿Qué haces ahí? Me has asustado – consiguió musitar Alicia intentando recobrar la serenidad.

—¿No me reconoces?

—¿El joven marqués? Pero… te veo…

—Sí. Ya, tú tampoco podrás leer.

Desde fuera, estridentes, los aullidos de las sirenas de la policía y la ambulancia se entremezclaban en una noche amortajada.

—¡Marga, asómate! ¡Ven pronto! – entró gritando en la biblioteca una de las vecinas.

—¿Qué ocurre? ¿Qué ha pasado?

—Es Alicia, ¡pobre chica! Acaba de estrellarse contra otro coche…