Relato 4: El estanque

Había adquirido esta costumbre años antes, el día en que lo vi por última vez, junto al estanque.

Mis pasos me llevan de nuevo hasta el gran parque. En este lugar, a pesar de la tristeza, me siento como en casa. Nunca me he llegado a acostumbrar del todo a la ciudad, prefiero el mundo rural donde vivía, ese que tanto echo en falta.

Estoy sentada en mi banco preferido. Suelo acudir a él para pensar cuando quiero apartarme del mundo pero sin llegar a desaparecer del todo…

El pequeño estanque ya no existe. Ha sido sustituido por un montón de piedras y escombros. Sin embargo, aún hoy, me parece ver la silueta de su sombra proyectada sobre la arena y el humo de su pipa perdiéndose en el aire.

Yo apenas levantaba doce años pero lo recuerdo sentado al borde de la charca con la mirada perdida en otro tiempo. La misma mirada con la que yo recorro ahora los recovecos del jardín, arañando con los párpados la memoria.

Fue uno de aquellos días de noviembre, el cielo salpicado de ceniza y el jardín cubierto de escarcha. Toda una vida no había sido tiempo suficiente, pensé mientras se acercaba.

—Sabía que te encontraría aquí – me dijo.

—¡No me gustan las despedidas y menos esta!

—Sé que no es fácil para ti, hija mía. No puedo obligarte a que comprendas mi decisión…

—¡No es justo! ¿Por qué nosotros, por qué tú?

—Ya lo hemos hablado… he de irme.

Cierro los ojos y noto su aliento a cavendish en mi mejilla de diecisiete años y la calidez de su cuerpo abrazándome mientras el murmullo de sus pisadas se pierde entre la niebla.

Esta conversación tan lejana en el tiempo, pero a la vez, tan cercana en mi memoria, se repite cada vez que vuelvo aquí, a este mismo lugar esperando en vano, encontrar algo más que su sombra.

Maldigo la guerra y a sus seguidores, pero sobre todo maldigo con toda mi alma, a aquellos que obligaron a mi padre a unirse a ella, a aquellos que me lo arrebataron, esos que no comprenden que en una guerra nadie gana, todos somos perdedores.

En la lejanía, mi corazón adivina sentir el fragor de la batalla, mis ojos quedan inundados de lágrimas y los preciosos colores de este parque que tanto me gustaba disfrutar con mi padre, parecen haberse roto, al igual que mi corazón…