Relato 3 – El medallón

Hacía una semana que no había vuelto por allí. Aquél día, el escritor salió a caminar por el Retiro, como tantas otras veces, en busca de inspiración literaria.
En lo alto, de un profundo azul, el espléndido cielo sin nubes madrileño. Las palomas revoloteaban en torno al Palacio de Cristal o se dejaban caer para aletear a las orillas del lago.
Se apostó en una de las columnas de la entrada de esta catedral de vidrio para intentar captar alguna vibración, cuando la vio.
Habían discurrido muchos paseantes entre las fuentes y los árboles de este parque, sin embargo ninguno le había impactado como ella.
Sentada a la sombra de uno de los castaños de indias, una joven, delgada y de cabellos rojizos irrumpió de lleno en su mirada. En su imagen había algo que se escapaba al entendimiento, algo que estaba infinitamente más allá de la comprensión…
El resto del mundo se desvaneció a su alrededor y los compases de una nueva historia estallaron en sus oídos. Apartó la mirada unos instantes para sacar una hoja de la carpeta y comenzar a describir las imágenes que enloquecían su mente. De pronto advirtió que ya no estaba, y se dio cuenta que había sido un error subordinarlo todo a ella…
—¿Estás dibujándome? – preguntó una dulce voz desde su costado izquierdo.
Al volverse descubrió a la mujer. Sus enormes ojos negros contrastaban con la blancura de su piel. Sus ropas oscuras y desgastadas parecían haber emergido de entre las cenizas de una hoguera mientras de su cuello pendía un fabuloso medallón; un antiguo camafeo de nácar engarzado en oro, resplandeció en la claridad. La joven lo ocultó con su mano pero de entre sus dedos se escapaba el fulgor de los brillantes incrustados en el metal.
—¿Eh?… No… – balbuceó a duras penas por la sorpresa – Estoy escribiendo – proseguió.
—He visto como me mirabas, y al verte garabatear pensé…
—Ya…pues no. Pero te estoy haciendo un poema.
Se lo leyó mientras ella se sonreía.
—¿Me lo regalas?
—¡Ni hablar, todavía no está acabado! Además, ¿quién sabe? lo mismo es un éxito… y me arregla la vida.
—Pero yo he sido tu musa… entonces me corresponde, ¿no?
—Hagamos una cosa, déjame pensarlo y quedamos un día para hablarlo – le contestó intentando concertar una cita.
Una ráfaga de aire hizo que al joven se le cayera el escrito al suelo, de manera que cuando se incorporó de recogerlo, ella ya no estaba.
Giró en torno suyo tratando, en vano, de encontrarla.
Los rayos de luz acuchillaban las paredes de la gigantesca cripta arquitectónica. Recogió aprisa sus apuntes y partió en busca de la joven con el escrito en sus manos y el corazón latiéndole con rabia.
Transcurridos los primeros metros, el brillo deslumbrante del medallón lo puso de nuevo sobre la pista. La siguió hasta la salida de los jardines y vio cómo se adentraba en la boca del metro. Continuó tras ella.
Multitud de personas que caminaban de prisa de un lado al otro de la estación dificultaron el seguimiento pero consiguió no perderla de vista.
Él tomó el mismo metro en el que ella se había subido sentándose enfrente de ella, unos asientos más a la derecha. Clavó una mirada lujuriosa en la joven acariciando su figura con los ojos hasta llegar al medallón… Esperó con ansiedad su respuesta.
Ella levantó los ojos y al verlo escondió instintivamente el medallón entre el escote de su blusa y sorprendida sonrió tímidamente. Él le devolvió la sonrisa.
El lastimero chirrido de los frenos del tren anunció la próxima parada. Ella se levantó y se apeó con rapidez  en el último momento, sorteando a la gente.
La joven huyó hacia la salida, intentando confundirse con los muros de la ciudad. La calle estaba casi desierta, el aire permanecía inmóvil y se respiraba una tensa y extraña calma.
Esperó nerviosa el semáforo verde para cruzar a la acera de su casa, cuando vio reflejado en el cristal de los escaparates de enfrente al joven escritor. Se volvió para verificarlo. Era él.
Cruzó acelerando el paso, con la respiración agitada y el corazón galopando en su pecho. Se encontraba a escasos metros de su casa… Junto a su apresurado taconeo avanzaban en el silencio otras pisadas repletas de pensamientos ruidosos.
Ella respiró al poner los pies en el umbral, deseosa de alcanzar el ascensor que la condujera al descanso y el abrigo de su hogar.
De repente, sintió la presencia de alguien a su espalda y se obligó a mirar por encima del hombro. Lo vio. Estaba a diez pasos de distancia. Había entrado tras ella. Ahogó un grito de angustia en la garganta.
Un sudor frío le recorrió el cuerpo y las piernas comenzaron a temblarle.
Se agarró a su medallón y se precipitó en el elevador. Cerró la puerta. Él seguía avanzando. Pulsó varias veces el botón de su piso intentando ganarle tiempo al tiempo. Por fin se puso en marcha. Subía.
Llegó a la planta y tras comprobar que no había nadie, se dirigió como una exhalación hacia su puerta…
—¡No sufras más! Hoy te he ganado yo – le dijo el joven escritor abriéndole la puerta de la casa desde dentro.
—Puede ser… pero mi interpretación ha sido de Óscar – le contestó ella.
—Es cierto. Pero entra, date prisa. ¡Nos quedan 30 minutos antes de que lleguen los niños!