Relato 2 – Frío atardecer

El frío y los últimos rayos del ocaso se abren paso entre la ventisca invernal para prender caprichosamente sobre su lisa y frondosa melena negra.
Acabo de estrenar licenciatura y me sustento con cuantas clases particulares puedo impartir. No se lo he dicho a nadie, pero hace tiempo que sus 18 años han embrujado mi alma.
Marta, como averigüé que se llama la dulce nigromante, camina unos metros por delante de mí cuando la estela blanca de su figura se disuelve entre la niebla. Corro hacia la esquina y justo antes de que su rastro se funda con la nieve, logro divisarla de nuevo.
El sol se ha hundido tras los edificios y sus tortuosas sombras se proyectan sobre el manto de nieve que tiende la tormenta.
La sigo a través de un laberinto de oscuras callejuelas. Mientras, el brillo de las escasas luces navideñas de las calles parpadea en medio de la bruma y en algunas ventanas se dibujan los rostros de aquellos niños que asomados, aguardan el cese del temporal para poder salir a cantar villancicos.
Después de atravesar la plaza Mayor, las gélidas ráfagas de viento siguen castigando la ciudad. Me duelen los huesos de frío y pienso en abandonar mi obsesión pero de pronto, veo como la muchacha empuja el portón de un viejo y destartalado caserón y se cuela dentro sin preocuparse de cerrar tras de sí.
Me apresuro hacia la puerta y asomo la cabeza. Ella cruza un jardín de criaturas marchitas en donde dos lúgubres cipreses se alzan centinelas solitarios de esta cripta. Al llegar a los escalones de la entrada se vuelve para mirarme.
—¡Entra, estarás muerto de frío! – me dice mientras sus enormes y hechizantes ojos verdes se impresionan en mi retina.
Debería marcharme pero envenenado por su misteriosa figura, la sigo sin rechistar con el corazón latiéndome en las sienes.
La noche se escurre por los pasillos de la casa mientras una capa de silencio sepulcral lo cubre todo. El aire es húmedo y huele a moho.
Antiguas lámparas ciegas y polvorientas penden de los techos hundidos, retratos agrietados vigilan desde los muros salpicados de manchas oscuras y un par de quinqués octogenarios tratan de alumbrar el paso mientras el crujido de nuestras pisadas apenas es amortiguado por unas mugrientas alfombras deshilachadas.
Llegamos a una cocina enmarcada por restos de muebles quebrados y unas cortinas ajadas. El hedor a rancio lo envuelve todo.
Marta deja el candelabro que lleva en la mano sobre una vieja mesa de pino y me sonríe sensual y misteriosa. Luego, se acerca a un hogar y agachándose prende el fuego con hojas de libros antiguos y los restos de lo que parece haber sido una estantería. Me acerco a la chimenea y acepto el vaso de vino que me ofrece.
Ella se arrodilla a mi lado con su mirada esmeralda perdida en las llamas. Permanecemos en silencio un buen rato. La luz de la hoguera resalta su belleza turbadora, a veces, casi dolorosa… no puedo dejar de mirarla.
Más tarde me dice que sabe de mi interés por ella. Me cuenta que la casa pertenece a un antiguo familiar suyo y que ella vive allí, junto a su hermana mayor, que está enferma…
Me resulta extraño que nadie en el pueblo conociese la existencia de otra chica en la casa. Le pregunto cuánto tiempo llevaban malviviendo solas en aquel caserón y si no han pedido ayuda.
—La enfermedad de Pilar no tiene cura…- y exhalando un profundo suspiro se muerde el labio.
De pronto una ráfaga de aire frío se cuela por uno de los cristales rotos haciendo crepitar la lumbre al tiempo que se oye un golpe seco proveniente del pasillo.
—Debe ser ella…. Voy a ver.
Y levantándose sale de la cocina.
Al momento, una extraña calma comienza a adueñarse del ambiente y un silencio ultraterreno lo invade todo. Desde el corredor la oscuridad avanza reptante entre la amortajada penumbra mientras yo permanezco inmóvil reteniendo el aliento.
De repente algo se mueve velozmente a mi lado, el pecho se me encoge y la sangre se agolpa en mi garganta evitando que pueda musitar palabra.
Una espectral silueta emerge de entre la negrura. Mi corazón da un vuelco cuando recaigo en el resplandor del cuchillo que se alza contra mí… siento como el frío metal afilado se hunde en mi brazo.
Desesperado por salvar mi vida corro hacia la salida volcando accidentalmente uno de los candiles del camino. El fuego comienza a expandirse.
Aterrado llego a alcanzar el picaporte de salida cuando una mano me agarra la camisa…
Me giro justo a tiempo para librarme de su garra viendo cómo, Marta, presa de las llamas que la rodean, me clava su verde mirada felina en el alma…

De pronto abro los ojos.
Las campanas de la iglesia de San Miguel anuncian la misa del gallo. Estoy en mi cama, horrorizado, jadeante y empapado de sudor frío.
Otra pesadilla. Los comentarios de estos últimos días en el bar sobre la chica del caserón, han debido pasarme factura.
Mareado y dolorido me siento en la cama y tras concederme unos segundos me encamino al baño. Abro el grifo de agua fría. Trago unos cuantos sorbos y me refresco la cara intentando aclarar también mi mente.
Levanto la mirada hacia el espejo. Mi cara refleja un profundo cansancio y un fuerte dolor continúa atormentándome.
Se me nubla la vista al comprobar una herida sangrante en mi brazo al tiempo que un escalofrío recorre mi cuerpo cuando detecto una presencia no desconocida detrás de mí…
Sus inconfundibles ojos verdes me acechan desde una esquina…
Fuera se escuchan los cantos navideños de los niños que acuden al tradicional rezo.