Relato 1 – Vagón de tren

Las luces del vagón parpadean. Fuera, la calurosa noche estival frunce el ceño derramando sombras de fuego sobre los cristales del tren.
Mario, me espera como siempre en el segundo vagón empezando por la cola. Es un apuesto profesor de latín; alto, moreno y con los ojos marrones más profundos que he visto nunca.
Nos conocimos hace cuatro semanas cuando empecé a utilizar este medio de transporte hasta la universidad. Había sido mi primer día y estaba desbordada; un cambio de ambiente, un turno de tarde no esperado y encontrarme sola entre tantos desconocidos hizo que rompiese a llorar nada más tomar asiento. Mario, que se encontraba sentado enfrente de mí, me miró con dulzura y me ofreció cortésmente su pañuelo. “¿Un mal día, eh?” me dijo.
Era un pañuelo de hilo blanco enmarcado por dos rayas rojas y con unas iniciales bordadas MB. Sorprendida, me enjugué las lágrimas y agradeciendo el detalle se lo devolví. Entablamos conversación y él escuchó pacientemente todas mis dudas y desengaños.
Desde aquel momento supe que jamás volvería a estar sola.
A partir de entonces, todas las noches, después de una dura jornada de clases volvíamos a encontrarnos en el mismo tren; una de esas oscuras reliquias férreas que confieren un aire fantasmagórico a las estaciones.
El calor del verano abría senderos de flama a nuestro alrededor y solo las caricias de sus frías manos sobre mi piel lograban reconfortarme.
Con el paso de los días comencé a distinguir a algunas de aquellas personas, que como nosotros, también eran asiduos viajeros diarios, y empezamos a saludarnos familiarmente.
La más simpática era una señora rubia de pelo corto y cara regordeta con atuendo sobrio y clásico que trabajaba como funcionaria, según le pude oír un día, en la oficina de la administración pública de la ciudad.
También nos solían acompañar; la joven morena embarazada, de unos 6 meses calculé yo, que casi siempre leía alguna revista sobre bebés, el chico bohemio de las rastas que tarareaba las canciones que iba escuchando en sus auriculares inalámbricos, y mi favorito, un viejecito invidente siempre acompañado por Chico, su perro labrador negro.
Entre ellos me sentía a gusto. Comparado con el lugar de donde yo venía, esto era para mí lo más parecido a una familia…
De pronto, el ruido de unos motores ajenos al tren me devuelve al presente.
Unas sombras apenas discernibles emergen entre la espesura de la noche. Extrañas pisadas van acercándose desde el exterior…
Oigo voces, pero no puedo distinguir que dicen. Les siguen rápidos flashes de luz, que aparecen entre la oscuridad… Aterrada me fundo en un etéreo y gélido abrazo con Mario. «Tranquilízate, estoy contigo», susurra a mi oído.
Una luz cegadora atraviesa el cristal…
― ¡Aquí está! – grita una voz.
Y tras un agudo silbido, un hombre corpulento entra en el vagón.
Me llama por mi nombre y dice ser mi médico. El corazón me palpita desbocado… estoy aturdida…
Me cuenta que llevan buscándome desde que me escapé del sanatorio hace más de un mes.
― No puede ser, están equivocados – le contesto con voz trémula.
Me vuelvo pero no veo a Mario… todo me da vueltas.
― No… ellos se lo dirán – le grito desesperada mientras me abalanzo en un absoluto frenesí en busca de los demás viajeros.
Del asiento de la señora escapa una enorme rata negra que estaba royendo unos viejos papeles. Me precipito hacia el lugar de la embarazada; una sucia y descuartizada muñeca. Corro al sitio del joven; unos vaqueros rotos y pringados de mugre. Y al levantar la vista hacia la silla del invidente, unos huesos podridos y cubiertos de polvo es cuanto veo.
― Este, es un vagón antiguo en una estación abandonada. Aquí no hay nadie. Debiste acercarte a él buscando refugio…
― Pero, Mario… – balbuceo.
― Mario, hace años que está muerto. Fue la causa de tu enfermedad. Era tu novio… mira – me explica acercándome un marchito recorte de periódico.
En la foto de portada apartaban un cadáver de las vías… es él.

Solo escucho una tensa y absoluta calma en medio de un profundo espanto mientras una terrible flaqueza se apodera de todo mi cuerpo haciéndome caer al suelo…

Una luz brillante y cálida sobre mi rostro y el ruido de un carrito de ruedas me despiertan. Es la enfermera que está repartiendo el desayuno.
Al momento, noto una extraña inquietud, un enterrado recuerdo se agita en mi interior y en mi lucha por recordarlo dirijo la mirada hacia la mesita de noche.
Sobre ella… un pañuelo de hilo blanco enmarcado por dos rayas rojas y con unas iniciales bordadas MB.
«Sabía que no me abandonarías».