Dormir ¿un sueño?

Hoy en día, dormir bien se ha convertido para algunos en un lujo casi inalcanzable. El elevado nivel de estrés, una sociedad hiperactiva, los trabajos a turnos, los viajes con las diferencias horarias… han hecho que vivamos en contra de nuestro reloj biológico y que para muchos, una buena noche de descanso se califique como “la mejor noche de su vida”.

Según el profesor Russell Foster, de la Universidad de Oxford, hoy en día las personas tienen entre una y dos horas de sueño menos por la noche que hace 60 años.

Cada día, el ser humano siente la necesidad de adentrarse en el sueño invirtiendo, por término medio, un tercio de su vida en dormir.

Todos los animales superiores, al menos todos los mamíferos y aves, duermen, por lo que, no es descabellado suponer que debe tener una función muy importante.

Sin embargo, el sueño, constituye uno de los aspectos más misteriosos del cerebro, y dormir, ha sido y sigue siendo uno de los enigmas de la investigación científica, y aún hoy en día tenemos grandes dudas sobre él…

Dormir. ¿Qué sabes sobre el sueño?:

  1. Qué es el sueño

El vocablo «sueño», derivado del latín somnus, hace referencia, tanto el acto de dormir como el deseo de hacerlo (tener sueño).

Se puede decir que dormir es una parte integral de la vida cotidiana, una necesidad fisiológica que permite restablecer las funciones físicas y psicológicas esenciales para un pleno rendimiento.

Es una actividad localizada a nivel del encéfalo; hipotálamo anterior (sueño), hipotálamo posterior (vigilia), contrapuesta a esta última y autorregulada por ambas. Funcionan según un ritmo circadiano o reloj biológico.

Aunque no se han aclarado los factores que desencadenan el sueño, varias líneas de investigación hacen pensar que en el encéfalo existen sustancias que lo inducen. Una de ellas podría ser la adenosina.

  1. El cerebro nunca deja de funcionar

Siempre se había pensado que el sueño era un estado de inactividad, en el que el cerebro dejaba de funcionar, posiblemente con la intención de descansar o recuperarse. Sin embargo, con la aparición de las técnicas de medición de la actividad eléctrica cerebral (electroencefalogramas), se encontró una actividad cerebral muy dinámica que puede llegar a ser tan intensa como la de la vigilia, por lo menos durante parte del sueño.

Mientras dormimos ocurren grandes modificaciones del funcionamiento del organismo; cambios de la presión arterial, la frecuencia cardíaca y respiratoria, la temperatura corporal y la secreción hormonal, entre otras. En todas ellas el sueño contribuye.

  1. Las fases del sueño

Cada noche, mientras dormimos, pasamos por diferentes fases o estadios de sueño que se repiten a lo largo de 4 a 6 ciclos del mismo. Estos estadios  se pueden englobar en dos grandes fases del sueño (según la actividad muscular, la actividad cerebral y los movimientos oculares):

  • La fase no-REM o no-MOR: la constituyen cuatro estadios (I, II, III y IV). Dura alrededor 90minutos. Se va profundizando progresivamente en el sueño y el cuerpo queda cada vez más relajado e inmóvil. Sueño profundo.

Por los cambios hallados en ella, se postula que es la fase de recuperación física del organismo (regeneración y recuperación de energía).

  • La fase REM o MOR: Aparece por primera vez, a los 90 minutos aproximadamente de quedarnos dormidos. Tiene una actividad cerebral rápida provocada por los ensueños y se caracteriza por la aparición de movimientos oculares rápidos (MOR o REM) y la pérdida de tono muscular.

Los cambios que se producen en esta fase, han llevado a los científicos a apuntar la relación que puede tener relación con la consolidación y recuerdo de lo que aprendemos durante el día. Esta hipótesis puede estar respaldada por el hecho de que la cantidad de sueño REM va disminuyendo con la edad, de manera que los ancianos tienen menos sueño de esta fase que los bebés y los niños.

  1. Dormir es imprescindible

Básicamente, dormimos para poder estar despiertos por el día, y precisamente porque estamos despiertos y activos durante el día, necesitamos dormir.

La reducción drástica y mantenida de horas de sueño produce entre otras cosas:

-Disminución del rendimiento intelectual (disminución de la concentración y memoria).

-Dificultad en la capacidad de abstracción y razonamiento lógico.

-Enlentecimiento de los reflejos.

-Aumento de los niveles de ansiedad e irritabilidad.

-Precipitar alucinaciones, alteraciones neurológicas y ataques epilépticos.

-Alteraciones metabólicas y hormonales.

-Trastornos de la tensión arterial y ritmo cardíaco.

-Mejoría de la calidad de la piel y disminución de las arrugas.

Gracias a los experimentos de privación del sueño, sabemos que, cuando se elimina parcial o temporalmente la posibilidad de dormir a un organismo, se produce un aumento de la necesidad de sueño en los días posteriores a la privación para intentar recuperar el equilibrio del cuerpo.

El sueño es una necesidad básica del organismo y su satisfacción nos permite la supervivencia.

  1. El sueño también ha evolucionado

Has oído cientos de veces la recomendación de dormir 8 horas seguidas cada noche, pero ¿siempre hemos dormido igual?

Todo se deriva de nuestro pasado evolutivo, cuando éramos activos en el día y descansábamos de noche.

El psicólogo Thomas Wehr en un experimento realizado a principios de los 90 para identificar el patrón natural de sueño de los humanos, pudo confirmar lo que muchos antropólogos e historiadores ya sabían. El sueño seguía un patrón bifásico, es decir se dormía dos veces; un sueño inicial de 3-5 horas seguido de 1-2 horas de vigilia para continuar con otras 3-5 horas de sueño.

Esto era lo que hacían, con alta probabilidad nuestros antepasados del paleolítico y todavía muchas sociedades cazadoras-recolectoras actuales: dormir al caer la noche, despertarse en mitad de la misma para atizar el fuego, comprobar la seguridad, echar un ojo a los niños… y echar otra cabezada.

La llegada de la luz eléctrica y el incremento de las actividades nocturnas han hecho que dormir de esta manera fuera disminuyendo hasta desaparecer.

En ese sentido, quizá nuestra reparadora siesta, no sea más que la versión moderna del sueño bifásico.

  1. Dormir 8 horas ¿un mito?

Es importante matizar, que la duración del sueño varía en función de muchos factores como la edad, el estado de salud y el estado emocional, de cada persona y en cada momento de su vida.

Como he comentado antes, nuestro cuerpo trata de mantener siempre el equilibrio, siendo esto realmente, lo que determina la necesidad de sueño de cada organismo.

En general, el número de horas de sueño van disminuyendo con la edad. Así, los bebés duermen entre 16-18 horas y los niños de 6-10 años duermen un promedio de 10 horas, disminuyendo progresivamente hasta llegar al adulto en donde la media se sitúa en torno a las 7-8 horas. Caso aparte supone la etapa de la adolescencia, en donde la necesidad de dormir se incrementa, girando en torno a las 10 horas.

En realidad, las necesidades básicas de sueño para mantener las funciones y supervivencia del organismo se sitúan alrededor de 4-5 horas al día. El resto de las horas que dormimos están destinadas a mejorar nuestro bienestar y calidad de vida.

Con todo esto, se puede concluir que una media de 8 horas podría encontrarse en el punto óptimo de descanso.

  1. Aprender mientras dormimos

El autor Aldoux Huxley ya apuntaba esta posibilidad en su novela Un mundo feliz.

Sería estupendo acostarse con unos auriculares y que al levantarnos hubiésemos aprendido, sin esfuerzo, todo el contenido. Sin embargo, esto no es posible. Prácticamente todos los estudios que se han realizado al respecto, muestran que la información que se intenta suministrar durante el sueño luego no se recuerda.

Lo que sí parecen indicar es que si se aprende algo y después se duerme un rato, tras el sueño, se recuerda mejor lo aprendido que si no has dormido. Esto viene a reforzar la teoría de que el sueño contribuye a organizar y afianzar la memoria.

  1. Mi hijo no duerme

Los niños no son ajenos a los problemas del sueño. Entre un 25-30% de las visitas al pediatra están relacionadas con él.

Hay que recordar que la mayoría desarrollan un patrón de sueño normal sin ninguna clase de ayuda, al igual que aprenden, por ejemplo a caminar.

Cada niño es único y tiene sus propias necesidades de sueño, por tanto, el tiempo ideal de sueño es aquél que le permite realizar las actividades diarias con normalidad.

Los despertares nocturnos son normales en los niños, el 20-40% de los menores de 3 años se despiertan por las noches. Suelen ir disminuyendo a medida que crecen y maduran.

Lo importante es mantener la calma y mantener rutinas agradables que faciliten la transición al sueño.